Hoy en día existen versiones de tamales con menos grasa, integrales o vegetarianos, que responden a las necesidades actuales de salud sin perder la esencia del platillo
Por la Mtra. Paulina Elizabeth Ochoa Moreno, profesora de la carrera de Ciencias de la Nutrición de la Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG)
En febrero, los tamales vuelven a ocupar un lugar protagónico en la mesa de muchas familias mexicanas. Más allá de la tradición, este platillo merece una mirada desde la alimentación, pues su preparación y consumo dicen mucho de cómo comemos hoy y de cómo podemos hacerlo mejor sin dejar de disfrutar el sabor ni la identidad culinaria.
El tamal es un alimento elaborado principalmente a base de masa de maíz, relleno con ingredientes dulces o salados, envuelto en hojas y cocidos al vapor. Su versatilidad le ha permitido adaptarse a distintos gustos, regiones y contextos, convirtiéndose en una preparación cotidiana y festiva al mismo tiempo. Desde opciones saladas con carnes, verduras o leguminosas, hasta versiones dulces con frutas, el tamal puede ajustarse a diferentes necesidades nutricionales.
Desde el punto de vista alimentario, el tamal tiene el potencial de ser un platillo completo. La masa de maíz nixtamalizado aporta carbohidratos complejos, que son la principal fuente de energía para el organismo. Este proceso tradicional mejora de forma importante la calidad nutricional del maíz, al aumentar la disponibilidad de calcio, favorecer la absorción de niacina (Vitamina B3) y mejorar la digestión de las proteínas, además de aportar fibra dietética, clave para la salud intestinal.
El relleno es el elemento que marca una diferencia significativa en el perfil nutricional. Cuando se utilizan carnes magras como pollo o cerdo sin exceso de grasa, se obtiene una buena fuente de proteínas de alto valor biológico, necesarias para el mantenimiento de la masa muscular y múltiples funciones metabólicas. Las versiones con frijoles, lentejas, quelites o verduras permiten incorporar proteínas vegetales, fibra, vitaminas y minerales, haciendo del tamal una opción interesante incluso para quienes siguen una alimentación vegetariana, así que considera que los tamales tengan gran cantidad de estos ingredientes.
Uno de los componentes que merece especial atención es la grasa. Tradicionalmente, se utiliza manteca para mejorar la textura y el sabor, sin embargo, su uso excesivo incrementa de forma considerable el aporte calórico. Sustituir parcialmente la manteca por aceites vegetales o reducir la cantidad total puede ser una estrategia sencilla para hacer tamales más ligeros, sin comprometer su aceptabilidad.
El consumo consciente de tamales no implica evitarlos, sino aprender a integrarlos de manera equilibrada. Elegir tamales con mayor proporción de relleno que de masa, moderar el tamaño de la porción y acompañarlos con verduras como nopales, ensaladas o vegetales al vapor ayuda a mejorar la calidad del platillo.
Un punto clave al momento de consumir tamales es la elección de la bebida que los acompaña. Las bebidas azucaradas, así como preparaciones tradicionales como el atole o el champurrado, aportan grandes cantidades de carbohidratos y azúcares de rápida absorción, lo que puede generar picos de glucosa en sangre y aumentar de forma significativa el aporte calórico total del tiempo de comida.
Hoy en día existen versiones de tamales con menos grasa, integrales, vegetarianos o veganos, que responden a las necesidades actuales de salud sin perder la esencia del platillo. La clave está en la selección de ingredientes y en la frecuencia de consumo.
En realidad cualquier día es una oportunidad para disfrutar de la gastronomía tradicional, pero también para reflexionar sobre nuestras elecciones alimentarias. Los tamales pueden seguir siendo parte de nuestra cultura y de una alimentación saludable cuando se consumen con equilibrio, conocimiento y disfrute.